Friday, June 22, 2012

Malicia indígena

Don Eliseo es el guarda del barrio donde trabajo. Hombre mayor, algo encorvado, de sonrisa fácil y contagiosa, también por las varias inserciones de metal que adornan sus dientes grandes y amarillentos, erosionados por el vendaval del tiempo. 

Su pelo gris apenas puede distinguirse de la gorra negra con letras grandes y amarillas que lo cubre, insignia cierta de la razón de su presencia entre los vecinos. Su paso es lento, lo mismo que su habla, y su mirada cansada, quizás por años de sol y de  trabajo en su natal Nicaragua.

La seriedad con la que se toma su trabajo es tanta como la parsimonia con la que se expresa y sonríe; escucharlo contar historias es como mirar a un oso perezoso recorrer la rama de su árbol, de principio a fin.

Siempre atento a resguardar a los vecinos, el machete desenvainado de dieciocho pulgadas, que contrasta con sus siempre bien aplanchadas camisas turquesa y pantalones caqui, no deja lugar a dudas sobre sus intenciones y disposición. Se hace acompañar de dos ayudantes fieles, Luna y Negra, tan beligerantes y leales como su propio amo.

Una tarde soleada y húmeda, el silencio y el liso transcurrir del tiempo en este lugar truenan con la llegada al barrio de un personaje, desconocido aquí, pero figura paisajística de vecindarios no muy lejanos.

El vendedor de patí. Solo que este es uno particular. No se parece a aquellos que conocemos, guayabera y pantalón de vestir, pelo afro amaestrado y a raya; aunque al igual que todos ellos, nuestra nueva celebridad es relajada, dicharachera, hablantina, graciosa, “igualada”. 

Su aspecto es como una expresión en tela y piel de su esencia. Negro, pelo rasta, camisa despreocupada y pantalón de mezclilla de un azul alegre, barba larga y una gorra original de los New York Yankees. No tiene pena de hablar con nadie, ni de saberse un desconocido sobre quien recaen las miradas y el recelo del momento.

La tarde es calurosa y la entrada del nuevo personaje es saludada por Luna y Negra con sendos ladridos de alerta y movimientos de cola, con los que le comunican al mundo conocido la aparición del anónimo que en nada se parece a sus protegidos habituales y que ha perturbado, además, el normal transcurrir de la vida en su territorio.

No dan tregua, es claro que no pretenden desmarcar al hombre al que han puesto bajo su mira. Los ladridos son insistentes y altos; el vendedor se pone nervioso. Busca refugio y sombra en la entrada de una casa que, le parece, es la más hospitalaria del lugar.

Se agacha, pone su canasta con patí en el suelo. Se endereza de nuevo, saca de su pantalón un pañuelo azul extenso con el que quiere ayudarse a aplacar el calor sacándose el sudor de su rostro, testigo de varios kilómetros de recorrido que muy probablemente sus pies calurosos y adoloridos también le reclamen.

De cerca, agazapado, con cautela y con sosiego, don Eliseo observa al extraño. Calcula, piensa, y mientras lo hace, juguetea con un leño, que sostiene a manera de batón mientras lo balancea como columpio en cuyo movimiento ha confiado la concentración del pensamiento. Recostado hacia adelante y apoyando su cuerpo en una pequeña tapia, que sirve de límite entre el refugio apresurado del vendedor y lo que se ha convertido en su nueva fortaleza, la mirada de don Eliseo es fija, ceñida, y sin embargo, sosegada.

El vendedor anónimo la advierte y la siente cada vez más pesada, mientras termina de sacarse el sudor y vuelve a guardar su pañuelo. Se quiere defender por adelantado de la mirada del vigilante:

-“Hasta los perros le ladran a un negro. Es que nunca han visto uno por aquí”.

Don Eliseo no tiene prisa en contestar. Sigue jugando con su leño y piensa relajadamente su respuesta. Con la parsimonia y tranquilidad que le acompañan, replica:

-“Cómo no. ¿Sabe más bien a qué le están ladrando? Al olor a monte”.

La mirada atónita del vendedor de patí y la parálisis que por uno o dos segundos le afecta, impiden ocultar que se ha visto desarmado por una jugada intrépida del rápido de don Eliseo: 

-“¿Perdón?” Responde y pregunta, una vez que recupera el uso de razón.

Nuestro guardián no ha cambiado ni en un dedo su postura. Sigue jugando con el leño, su mirada fija:

-“El olor a marihuana”.

El vendedor pronto reconoce que la conversación, aunque amable, no pareciera tener un tono amistoso y que don Eliseo, aunque de apariencia dócil, estaría dispuesto a corretearlo por el barrio, acompañado de su leño y de sus dos ayudantes, Luna y Negra, quienes a la vanguardia de su amo no terminan de dejar en claro con sus ladridos quién lleva las de ganar y quién las de perder:

-“Yo no ando marihuana”.

Don Eliseo se incorpora, suavemente, dócilmente, lentamente. Una vez erguido y como con efecto retardado baja su cabeza, hace cucharas con su boca, levanta sus brazos en alto y arquea sus cejas, como quien expresa, sin decir una sola palabra:

- “Yo no he dicho nada”.

El vendedor se ha hecho humo, pareciera que hubieran cortado sin aviso la escena de una película cuyo desenlace habíamos aprendido a esperar, para que justo en el momento un golpe de realidad nos devuelva a la vida de siempre. El vigilante ha reclamado su territorio.

No sé si veré de nuevo al hombre del patí, pero sí tengo la certeza de que en algún rincón del barrio, don Eliseo vigila agazapado y calcula sin prisa su próxima jugada.