Monday, June 2, 2014

Sabor y color artificiales

Recuerdo cuando, de niño, mi "Internet" eran las enciclopedias que había en casa. Las horas se pasaban volando mientras descubría aparatos mágicos, saltando rápidamente de tomo en tomo; mi imaginación viajaba con la historia de otras partes del mundo, mi alma se aceleraba de emoción cuando aprendía trucos para codificar mensajes y mis ojos se llenaban de color, hipnotizados por las banderas del mundo que me retaban a asociarlas con países y capitales.

De alguna forma, aquella manera de aprender sustentaba, pues además de que el conocimiento era trascendente, había algo en aquel esfuerzo por investigar -al que la curiosidad insaciable aceleraba hasta el fondo- que garantizaba siempre maravilla, inmejorable compañera de horas y horas de ensimismamiento mágico, capítulo siguiente de aquellos grandes descubrimientos que atrapaban la mente.

No hay manera de comparar esas experiencias con el conocer y aprender a través de Internet. Sería como comparar una conversación con una persona interesante y una conversación con un "maniquí interesante"; la lectura de un buen libro de papel y tinta, con la lectura de un "e-book", probar café "chorreado" y probar café instantáneo. Algo hay de inhumano en esta gran plataforma de comunicación, algo de ella deshumaniza las relaciones interpersonales y trivializa la dignidad del prójimo.

No condenemos a los nuestros, principalmente a los más jóvenes y niños, a una vida enlatada con sabor artificial.