En términos generales, me parece que lo que existe hacia Laura Chinchilla Miranda,
más que criticidad, es animadversión, ojeriza. Al estar movida
sustancialmente por instintos primarios, la animadversión no conduce a
la crítica inteligente, sino al choteo, a la mofa, al irrespeto, a la
idiotez.
Porque para hablar y criticar hay que ser responsable y esa responsabilidad implica, primero, el ejemplo
de la vida propia (la paja en el ojo ajeno), y segundo, inteligencia.
Las consignas de tarima como "¡Renuncie ya!", "¡Que se vayan todos!",
"¡Corruptos todos!"; las idioteces como "Póngase a bretiar" [sic], los
irrespetos como "zorra", "vieja pedorra", o publicar una foto de una
calle con un hueco y acompañarla de un "Gracias a todos lo que votaron
por doña Laura", más que del Gobierno o de la Presidenta, hablan de
quienes las profieren.
Es comportamiento grupal. Y en grupo
los individuos se envalentonan y se desinhiben, como en los estadios. La
gradería de sol no solo tomó la Asamblea Legislativa, parece que
también lo hizo con las redes sociales.
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