Hoy revisaba el ensayo de Ortega y Gasset, "La Rebelión
de las Masas", en el que hace un análisis profundo del perfil de
"hombre-masa" que ya se imponía en la España de principios del siglo
XX y me atrajo el paralelismo entre Ortega y Gasset y Ratzinger en cuanto a la
construcción de esa imagen autocomplaciente. Señalaba el primero:
"El hombre-masa se siente perfecto. Un hombre de
selección, para sentirse perfecto, necesita ser especialmente vanidoso, y la
creencia en su perfección no está consustancialmente unida a él, no es ingenua,
sino que le llega de su vanidad, y aun para él mismo tiene un carácter
ficticio, imaginario y problemático. Por eso el vanidoso necesita de los demás,
busca en ellos la confirmación de la idea que quiere tener de sí mismo. De
suerte que ni aun en este caso morboso, ni aun 'cegado' por la vanidad,
consigue el hombre noble sentirse de verdad completo. En cambio, al hombre
mediocre de nuestros días, al nuevo Adán, no se le ocurre dudar de su propia
plenitud. Su confianza en sí es, como de Adán, paradisíaca. El hermetismo nato
de su alma le impide lo que sería condición previa para descubrir su
insuficiencia: compararse con otros seres. Compararse sería salir un rato de sí
mismo y trasladarse al prójimo. Pero el alma mediocre es incapaz de
transmigraciones -deporte supremo."
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